Cuando todas las mañanas habían agotado el encanto rosa y húmedo del otoño, el escritor tuvo que inventarse horas nocturnas que pintar de un azul de matiz aún no descrito.
Imaginaba que el silencio que precede a la irrupción lumínica, cada día tan poco sutil y casi ofensiva, como un ataque de tos en medio de La Traviata, sería su cómplice en la búsqueda de historias. Su billete de vuelta al mundo de las palabras, su entrada de backstage al concierto del lenguaje.
La luna, cuando la hubiera, sería con su tinte de acero inoxidable, la aguja, redonda, y rotunda que sacara el pensamiento de su mente y lo convirtiera en prosa. Mas allá de la esfera plateada habitaba el miedo, hecho de retales de hojas en blanco, bañado en amnesia, engordando hasta el esperpento con todas las historias que no llegaban a convertirse en lenguaje y se quedaban a vivir para siempre en el limbo gris de las vocaciones que perecen.
De día, la vida en sus vaivenes no hacia mas que perpetuar la anhedonia de quien nada tiene que contar. Viajes en tren, comidas calentadas a base de ondas, sin sabor a nada que alimente, sonrisas de lata, órdenes en un un idioma extraño, tecleos, secretos de oficina y un abrigo largo y gris tejido con resignación y promesas de aumentos de sueldo. Ninguna palabra quería quedarse a vivir su vida.
El espacio prestado se hacia demasiado grande para albergar tanto de nada y por eso sabia que escribir era la única salida, el arma definitiva, la varita mágica con que defenderse del día.
Con la noche como aliada, el escritor pensaba que aun tenía alternativas.
sábado, 8 de febrero de 2020
sábado, 11 de enero de 2020
Luces de re-estreno
Hacía tanto tiempo que el escritor no veía a las palabras que no sabía muy bien qué decir.
Había imaginado el reeecuentro como una secuencia de Casablanca, en la que Ingrid Bergman, disfrazada de cursor intermitente, se giraría de pronto, en mitad de la bruma, y le miraría como el niño que descubre los regalos de Navidad bajo el árbol: con la admiración de lo inesperado y el ferviente deseo de desenvolverlos para contarles sus secretos y hacerlos suyos.
Pero él hacía mucho que había perdido su gabardina de Bogart y el brillo que caracteriza a las sorpresas. Su piel no reflejaba más que años perdidos y su cuerpo acumulaba invisibilidades. Las palabras no le veían. El cursor parpadeaba, pero su acompasada letanía no le suplicaba que pulsara las teclas. Era, sin embargo, un gran signo de interrogación convertido en un parpadeo acusatorio. Se trataba, como siempre, de poder o no poder.
Y el escritor no podía.
Hay escritores que pueden porque en lugar de mirar cursores con la esperanza de que se conviertan en Ingrid Bergman, se sacan el corazón del pecho y lo exprimen delante de una pantalla hasta que las palabras toman forma. Otros escuchan en los recovecos del tiempo y en escaleras de caracol, ecos de otras voces que hacer suyas hasta que la historia aparece y todos saben que las buenas historias pierden el copyright en cuanto una coma cambia de sitio. Y están además los que cortan con tijeras la apatía de otro día gris asalariado y saltan al mar de la imaginación aún con la marea baja hasta que el daño se transforma en inspiración. Sus historias corren de boca en boca, se relatan en voz baja en bares desiertos y se publican cuando las heridas han cicatrizado y sólo el fantasma de lo que puedo haber sido se asoma a la página. Sucedáneo de una emoción.
Pero hace mucho que el escritor ya no sufre por amor, ni tiene ganas de escuchar relatos ajenos y cuando se abre el pecho, sólo atrapa aire porque tiene el corazón de viaje, exiliado en una tierra que anestesia las palabras.
Y el cursor parpadea y el avión despega de nuevo sin Bogart y Bergman, quedando sólo la bruma espesa de todas las historias que nacen muertas y que se pegan a la piel como el sudor del trópico.
Pero él hacía mucho que había perdido su gabardina de Bogart y el brillo que caracteriza a las sorpresas. Su piel no reflejaba más que años perdidos y su cuerpo acumulaba invisibilidades. Las palabras no le veían. El cursor parpadeaba, pero su acompasada letanía no le suplicaba que pulsara las teclas. Era, sin embargo, un gran signo de interrogación convertido en un parpadeo acusatorio. Se trataba, como siempre, de poder o no poder.
Y el escritor no podía.
Hay escritores que pueden porque en lugar de mirar cursores con la esperanza de que se conviertan en Ingrid Bergman, se sacan el corazón del pecho y lo exprimen delante de una pantalla hasta que las palabras toman forma. Otros escuchan en los recovecos del tiempo y en escaleras de caracol, ecos de otras voces que hacer suyas hasta que la historia aparece y todos saben que las buenas historias pierden el copyright en cuanto una coma cambia de sitio. Y están además los que cortan con tijeras la apatía de otro día gris asalariado y saltan al mar de la imaginación aún con la marea baja hasta que el daño se transforma en inspiración. Sus historias corren de boca en boca, se relatan en voz baja en bares desiertos y se publican cuando las heridas han cicatrizado y sólo el fantasma de lo que puedo haber sido se asoma a la página. Sucedáneo de una emoción.
Pero hace mucho que el escritor ya no sufre por amor, ni tiene ganas de escuchar relatos ajenos y cuando se abre el pecho, sólo atrapa aire porque tiene el corazón de viaje, exiliado en una tierra que anestesia las palabras.
Y el cursor parpadea y el avión despega de nuevo sin Bogart y Bergman, quedando sólo la bruma espesa de todas las historias que nacen muertas y que se pegan a la piel como el sudor del trópico.
martes, 21 de agosto de 2018
Orden de alejamiento
Habían pasado los años y el escritor había respetado escrupulosamente su orden de alejamiento de las palabras.
Las había tratado con tanta torpeza que la sentencia le pareció, en su momento, ajustada a la gravedad del crimen. Al oírla, en la voz del juez de los significados, se limitó a bajar la cabeza y a seguir la trayectoria de una lágrima desde su ojo hasta el suelo. Se desdibujó antes de impactar con las baldosas frías de la culpa.
Las había maltratado, obligándolas incluso a ser lo que no eran. Las había dejado solas, encerradas en su cuarto, tiradas en algún rincón de la mazmorra donde arrojaba los manuscritos que nunca verían el final. Las había zarandeado, obligado a confesar las verdades que el escritor quería oir y que iban en contra de su esencia misma.
Y, al final, las había abandonado. Sin ninguna explicación, sin adiós ni apostillas ni notas aclaratorias.
Necesitaba espacio- se dijo a si mismo- y le prestaron uno. Pero en él no cabían las palabras. Ni la luz.
Poco después fue llamado a declarar y cuando el juez dictó sentencia, sintió que una cuartilla en blanco se arrugaba en su pecho.
El escritor se quedó en su espacio prestado hasta que pudo encontrar el modo de pagar por otro que tampoco sería nunca suyo. Convivió con imágenes que insistían en que olvidara a las palabras. Mirando al fondo de la copa del vacío, llegó incluso a ignorar la cuartilla arrugada que envolvía su corazón, áspera como el papel de estraza de una tienda de ultramarinos.
Intentó en una ocasión, ponerse en contacto con las palabras pero enseguida abandonó su quimérico empeño, tan grande era la audacia de su temeridad.
Un día escuchó, por encima de retales de conversaciones inconexas, cómo alguien decía que le habían contado que alguien había oído que las palabras aún se acordaban de él.
A pesar su torpeza, de su desdén , de su cínica indiferencia y de sus amoríos con las imágenes.
Tenía una nueva oportunidad.
Estaba a punto de violar la orden de alejamiento.
domingo, 17 de julio de 2011
Introducción a "El Espacio Prestado"
En el espacio prestado los manuscritos se amontonan en un desorden calculado. En un caos programado para recordarte que no posees ni un solo renglón de los que has derramado con la temeridad de quién conduce un deportivo sin cambiar de marcha.
No tienen vida propia porque no tienes un rincón en la memoria para darles el lugar en el mundo que les convierte en algo y, como almas de bebés en el limbo de la no existencia, se aparecen en tus sueños para recordarte que sin el final, el principio no existe, la historia no se presenta y todo lo que contiene no vale más que el garabato unidimensional de un párvulo que sólo quiere salir a columpiarse hacia un cielo que pinta del color que quiere. Porque él si tiene un espacio propio que le hace dueño de las frases que componen el microrrelato de su vida de riguroso estreno.
Abres un libro y sin prólogo ni epílogo no hay estantería que sustente su peso en hojas. Palabras deslavazadas que podrían convertirse en materia de cualquiera, tweets del horror vacui, pensamientos fugaces que duran lo que un tren tarda en deslizarse de estación en estación.
No sirve.
El espacio prestado se cobra la no-vida de tus manuscritos sin continuidad, se los lleva con él como precio del alquiler no tener nada.
Quizá- piensa el escritor- haya algo peor que el no tener nada nuevo sobre lo que escribir. Quizá el verdadero infierno es ese montón de líneas a doble espacio que esperan amordazadas un rumbo que las traiga de vuelta a la vida.
No tienen vida propia porque no tienes un rincón en la memoria para darles el lugar en el mundo que les convierte en algo y, como almas de bebés en el limbo de la no existencia, se aparecen en tus sueños para recordarte que sin el final, el principio no existe, la historia no se presenta y todo lo que contiene no vale más que el garabato unidimensional de un párvulo que sólo quiere salir a columpiarse hacia un cielo que pinta del color que quiere. Porque él si tiene un espacio propio que le hace dueño de las frases que componen el microrrelato de su vida de riguroso estreno.
Abres un libro y sin prólogo ni epílogo no hay estantería que sustente su peso en hojas. Palabras deslavazadas que podrían convertirse en materia de cualquiera, tweets del horror vacui, pensamientos fugaces que duran lo que un tren tarda en deslizarse de estación en estación.
No sirve.
El espacio prestado se cobra la no-vida de tus manuscritos sin continuidad, se los lleva con él como precio del alquiler no tener nada.
Quizá- piensa el escritor- haya algo peor que el no tener nada nuevo sobre lo que escribir. Quizá el verdadero infierno es ese montón de líneas a doble espacio que esperan amordazadas un rumbo que las traiga de vuelta a la vida.
viernes, 4 de febrero de 2011
Scrabble
Cuando me confrontaron con la página en blanco de nuevo, descubrí que había dejado de importarme.
Las revelaciones llegan en su mayor parte cuando lo único que estás buscando es el modo de no perder el hilo de las conversaciones ajenas. Es el modo aleatorio de volver a acordarte de que una vez fuiste tú quien tenía siempre la última palabra.
Hay una pérdida mayor que la de tratar de ubicar las letras en el lugar donde deben estar y es darse cuenta que donde tienen que estar ya no pintan nada y hay que reinventar el discurso con la vida y buscarlas debajo del polvo de los muebles.
Jugando al Scrabble del olvido a menudo eres consciente de que existe algo peor que no encontrar el sentido en las palabras y es no tener absolutamente nada que construir con ellas.
Las revelaciones llegan en su mayor parte cuando lo único que estás buscando es el modo de no perder el hilo de las conversaciones ajenas. Es el modo aleatorio de volver a acordarte de que una vez fuiste tú quien tenía siempre la última palabra.
Hay una pérdida mayor que la de tratar de ubicar las letras en el lugar donde deben estar y es darse cuenta que donde tienen que estar ya no pintan nada y hay que reinventar el discurso con la vida y buscarlas debajo del polvo de los muebles.
Jugando al Scrabble del olvido a menudo eres consciente de que existe algo peor que no encontrar el sentido en las palabras y es no tener absolutamente nada que construir con ellas.
martes, 14 de septiembre de 2010
Se acabó la tierra
Se acabó la tierra.
Se acabó el horizonte.
Lo mejor que heredamos es aprender sin querer a ser íntegros, aprender sin querer un patrón en la sonrisa, siempre al borde de los labios.
Nada se termina por haber olvidado cómo respirar. Nada se calla.
Ahora, rompemos el silencio, soplamos cenizas, las esparcimos en ondas y las hacemos vibrar como un eco inextinguible.
No dejes nuestras voces en la arena… llévalas al viento contigo y pídeles que te canten cuando estés triste, que te hablen cuando estés solo, que te susurren cuando falte el sueño, que reproduzcan el sonido del beso para que nunca olvides.
Nosotros llevamos tu risa, en el bolsillo y, quizá, con los años, el tono de tu voz se desdibuje… pero, un día, sacando del bolsillo tu legado invisible, nos acordaremos enseguida de la música que siempre traía.
Se acabó el horizonte.
Lo mejor que heredamos es aprender sin querer a ser íntegros, aprender sin querer un patrón en la sonrisa, siempre al borde de los labios.
Nada se termina por haber olvidado cómo respirar. Nada se calla.
Ahora, rompemos el silencio, soplamos cenizas, las esparcimos en ondas y las hacemos vibrar como un eco inextinguible.
No dejes nuestras voces en la arena… llévalas al viento contigo y pídeles que te canten cuando estés triste, que te hablen cuando estés solo, que te susurren cuando falte el sueño, que reproduzcan el sonido del beso para que nunca olvides.
Nosotros llevamos tu risa, en el bolsillo y, quizá, con los años, el tono de tu voz se desdibuje… pero, un día, sacando del bolsillo tu legado invisible, nos acordaremos enseguida de la música que siempre traía.
domingo, 4 de julio de 2010
Regaliz y otras cuestiones
El escritor comenzó por inventar un recuerdo:
“Ella no sabía lo que era el regaliz y quizá por ese tipo de cosas empecé a considerar que era algo más, qué merecía la pena seguir hablando. Por la forma en que fruncía la nariz cuando no sabía de qué demonios le estaba hablando… como al mencionar un estreno de cine, o recordar la melodía de algún anuncio de esos que se quedan por siempre a vivir en la memoria, aunque uno ya ni se acuerde de qué intentaba vendernos… Ella no había estado aquí siempre y no tenía porqué saberlo, pero, en un momento, sus ojos se hacían grandes con el interés y lo cierto es que entonces perdía el hilo de mis propias historias y ya no sabía de qué le estaba hablando…”
Y continúo por excusarse a si mismo:
“Mi fuerte nunca fue hablarle a la gente y había dos razones porque las que hacía mucho tiempo había perdido el interés en las conversaciones… primero porque nunca supe acercarme mucho a ese botón de cada persona en el que los buenos oradores pulsan y hacen nacer la atención de sus interlocutores. Cuando yo divagaba la gente miraba hacia otro lado, intentando recordar-podía ser así-la lista de la compra. Otra de las razones era que ya ni siquiera me apetecía compartir palabras; me las quedaba, las archivaba en algún rincón de la memoria y después, algunas veces, las dejaba escritas en hojas que dejaba morir en algún lugar, y otras- las que más- se autodestrían antes de salir por la puerta del Metro”
El escritor nunca dominó la técnica de la ficción, por eso vivía atrapado entre un flexo y un teclado.
“Ella no sabía lo que era el regaliz y quizá por ese tipo de cosas empecé a considerar que era algo más, qué merecía la pena seguir hablando. Por la forma en que fruncía la nariz cuando no sabía de qué demonios le estaba hablando… como al mencionar un estreno de cine, o recordar la melodía de algún anuncio de esos que se quedan por siempre a vivir en la memoria, aunque uno ya ni se acuerde de qué intentaba vendernos… Ella no había estado aquí siempre y no tenía porqué saberlo, pero, en un momento, sus ojos se hacían grandes con el interés y lo cierto es que entonces perdía el hilo de mis propias historias y ya no sabía de qué le estaba hablando…”
Y continúo por excusarse a si mismo:
“Mi fuerte nunca fue hablarle a la gente y había dos razones porque las que hacía mucho tiempo había perdido el interés en las conversaciones… primero porque nunca supe acercarme mucho a ese botón de cada persona en el que los buenos oradores pulsan y hacen nacer la atención de sus interlocutores. Cuando yo divagaba la gente miraba hacia otro lado, intentando recordar-podía ser así-la lista de la compra. Otra de las razones era que ya ni siquiera me apetecía compartir palabras; me las quedaba, las archivaba en algún rincón de la memoria y después, algunas veces, las dejaba escritas en hojas que dejaba morir en algún lugar, y otras- las que más- se autodestrían antes de salir por la puerta del Metro”
El escritor nunca dominó la técnica de la ficción, por eso vivía atrapado entre un flexo y un teclado.
lunes, 28 de junio de 2010
Luces por las que nadie apuesta
Puede que tardemos un segundo en llegar, o puede que no lleguemos en las siete vidas que nos prometieron. No importa, no llevamos prisa. Nos sentamos encima de las horas y las anclamos al suelo. No hace falta que hablemos, y eso hace que me sienta como si quisiera contártelo todo pero tú tuvieras el comodín del público.
Delante de mí sólo tengo otra hoja en blanco. Antes me angustiaba, ahora sólo pienso que es demasiado cara para ensuciarla con tinta. Tengo mucho que decir pero nada que merezca la pena que no se desvanezca con el vaho de un suspiro. Nadie apuesta nada a que las mejores novelas no estén en realidad en la cabeza de alguien y no en sus estanterías.
Cuando me desperté tú no estabas y yo seguía sin hablarme.
Aquella hoja en blanco era el único vertedero en el que arrojar mi sueño.
Delante de mí sólo tengo otra hoja en blanco. Antes me angustiaba, ahora sólo pienso que es demasiado cara para ensuciarla con tinta. Tengo mucho que decir pero nada que merezca la pena que no se desvanezca con el vaho de un suspiro. Nadie apuesta nada a que las mejores novelas no estén en realidad en la cabeza de alguien y no en sus estanterías.
Cuando me desperté tú no estabas y yo seguía sin hablarme.
Aquella hoja en blanco era el único vertedero en el que arrojar mi sueño.
jueves, 20 de mayo de 2010
Luces que nos siguen
El día que me dé una tregua y el cielo abra el primer botón de su gris escote, yo sólo querré quedarme dormida en cada autobús de línea.
Lo había intentado antes dejando encendido el flexo de la tristeza; sabemos que el cursor parpadea menos tiempo cuando es la queja quien habla por nosotros y que un corazón sin fracturas ni esparadrapo sólo utiliza las hojas en blanco para dibujar corazones y casas con chimenea y sin suelo. Lo había intentado mirando fijamente las aguas de un río turbio y sucio, desde un séptimo piso, con el reflejo de una nube negra sobre el agua quieta.
Lo intenté también comprando comida enlatada, pagando con monedas del color del cobre y guardando el turno en los probadores de saldo.
Intenté, allá donde pude, prolongar la lluvia, ponerle filo al viento, hacer que me siguiera aquella luz de bombilla barata del flexo de la tristeza.
Lamento por mis hojas en blanco decir que no lo he conseguido. El cielo se ha quitado la capa y un reflejo dorado se ha posado en mi frente, burlando las cortinas.
Quizá esta vez, la tregua sea más larga.
Quizá me pase el día llanando las hojas con corazones de BIC y casas con chimenea y sin suelo...
Lo había intentado antes dejando encendido el flexo de la tristeza; sabemos que el cursor parpadea menos tiempo cuando es la queja quien habla por nosotros y que un corazón sin fracturas ni esparadrapo sólo utiliza las hojas en blanco para dibujar corazones y casas con chimenea y sin suelo. Lo había intentado mirando fijamente las aguas de un río turbio y sucio, desde un séptimo piso, con el reflejo de una nube negra sobre el agua quieta.
Lo intenté también comprando comida enlatada, pagando con monedas del color del cobre y guardando el turno en los probadores de saldo.
Intenté, allá donde pude, prolongar la lluvia, ponerle filo al viento, hacer que me siguiera aquella luz de bombilla barata del flexo de la tristeza.
Lamento por mis hojas en blanco decir que no lo he conseguido. El cielo se ha quitado la capa y un reflejo dorado se ha posado en mi frente, burlando las cortinas.
Quizá esta vez, la tregua sea más larga.
Quizá me pase el día llanando las hojas con corazones de BIC y casas con chimenea y sin suelo...
martes, 16 de febrero de 2010
Luces equivocadas
Cuando despiertas el sueño pierde la textura algodonosa de la anestesia.
Decides, una vez más, confiar en luces que nunca van a traer de vuelta lo que acabas de dejar en el universo paralelo de la almohada y mientras el espejo te devuelve el reflejo de quien siempre va a estar esperándote, confías en que un día más sin dirigirte la palabra es todo lo que necesitas para reconciliarte con la vida.
Te empeñas en poner excusas para evitar hacer cosas, las amontonas, una encima de otra, como la ropa sucia, hasta que olvidas cuál es la que sustenta todo el engaño. Ese es el peso que llevas sobre los hombros: el de todas las excusas que inventaste y olvidaste, los pretextos que eran buenos y los que una vez fueron el prólogo del libro que tarde o temprano te pedirá que vuelvas a hablarte, desde el limbo de las teclas que no se pulsan.
Decides, una vez más, confiar en luces equivocadas.
Decides, una vez más, confiar en luces que nunca van a traer de vuelta lo que acabas de dejar en el universo paralelo de la almohada y mientras el espejo te devuelve el reflejo de quien siempre va a estar esperándote, confías en que un día más sin dirigirte la palabra es todo lo que necesitas para reconciliarte con la vida.
Te empeñas en poner excusas para evitar hacer cosas, las amontonas, una encima de otra, como la ropa sucia, hasta que olvidas cuál es la que sustenta todo el engaño. Ese es el peso que llevas sobre los hombros: el de todas las excusas que inventaste y olvidaste, los pretextos que eran buenos y los que una vez fueron el prólogo del libro que tarde o temprano te pedirá que vuelvas a hablarte, desde el limbo de las teclas que no se pulsan.
Decides, una vez más, confiar en luces equivocadas.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Un día con las luces de cruce
Había regresado sin darse cuenta al mes de las luces afiladas. Amanecía uno de aquellos días que fabricaban sombras largas como esculturas de Giacometti y aún no se creía del todo que las sombras abrigaran más que las mantas.
Se levantó con la firme promesa de hablarse, aunque tuviera que elegir como interlocutor a una parte que noviembre hubiera dejado en la oscuridad. Creía que era posible reconciliarse con el sonido de su voz, aquella mañana helada, de posibilidades incontables.
Sólo tuvo que pulsar el intro un par de veces para abandonar la idea. Y de pronto las sombras ya no abrigaban como las mantas y pesaban mucho más que estas.
Se levantó con la firme promesa de hablarse, aunque tuviera que elegir como interlocutor a una parte que noviembre hubiera dejado en la oscuridad. Creía que era posible reconciliarse con el sonido de su voz, aquella mañana helada, de posibilidades incontables.
Sólo tuvo que pulsar el intro un par de veces para abandonar la idea. Y de pronto las sombras ya no abrigaban como las mantas y pesaban mucho más que estas.
viernes, 14 de agosto de 2009
Delayed
Trato de enfocar el flexo de la musa hacia alguna palabra que me siga interesando.
Cuando era muy pequeña creía que las cosas que quería se escondían dentro de mi almohada... sigo pensando que están ahí, sólo que ahora requieren una contraseña para acceder a ellas.
El dueño de la palabra se ha ido de vacaciones y agosto se pega a mi piel como la caricia de un ex-amante. Disparo la luz del flexo entre sus ojos de tormenta seca y así me quedo sin mes de cumpleaños. Pienso que dejar de cumplir es dejar de contar y eso es algo que no puedo permitirme.
Agosto resucitará sólo si me quedo a vivir huyendo de cualquier destino.
Cuando era muy pequeña creía que las cosas que quería se escondían dentro de mi almohada... sigo pensando que están ahí, sólo que ahora requieren una contraseña para acceder a ellas.
El dueño de la palabra se ha ido de vacaciones y agosto se pega a mi piel como la caricia de un ex-amante. Disparo la luz del flexo entre sus ojos de tormenta seca y así me quedo sin mes de cumpleaños. Pienso que dejar de cumplir es dejar de contar y eso es algo que no puedo permitirme.
Agosto resucitará sólo si me quedo a vivir huyendo de cualquier destino.
miércoles, 3 de junio de 2009
Todas las luces que apagó
El escritor esparció todas las hojas en blanco que encontró en la sala y se derrumbó en un sofá con manchas de pasado.
Había dejado de hablarse y se oía sus pasos apresurados recorriendo el desván, posiblemente buscando una botella en la penumbra que aliviara el rencor de todo lo que no se había dicho. Ahora era tarde, aunque la encontrara, aunque la agotara de un sólo trago... había prometido no volver a hablarse nunca más.
El escritor apagó la luz y dejó de ver su sombra abatida en todas las paredes.
Sin luz no existía. Ningún escritor había sobrevivido nunca sin luz.
Sus propios pasos en el piso de arriba taladraban la oscuridad como los relámpagos de verano rompen la oscuridad de las noches sin luna.
Entonces, cerró los ojos y comenzó a recordar todas las luces que había apagado antes de esa noche, empezando por todas las velas de sus pasteles de cumpleaños. Vinieron después las del cirio que le habían obligado a portar el día de su Comunión, extinguido con un soplo furioso, la de su mesilla de noche aunque tuviera miedo de los armarios vacíos, la del pupitre de la biblioteca cuando la batalla estaba perdida, la del almacén donde había trabajado antes del amanecer, para irse a encender otras luces más tenues, las del barracón de algún cuartel, las de las habitaciones de chicas vergonzosas, las de su coche, en dirección contraria...
Afuera amanecía pidiendo permiso, con timidez. Tuvo que hacer fuerza con los dos brazos para incorporarse del sofá; arriba ya no escuchaba sus pasos... debía haberse quedado dormido moviendo cajas y papeles ahí arriba.
Descorrió todas las cortinas de la sala, y después , una a una, las del resto de estancias del piso de abajo.
Mientras las primeras luces de la mañana de mayo aterrizaban en el suelo arañado, abrió un cajón de la sala y apagó las luces que quedaban encendidas en la consciencia.
Había dejado de hablarse y se oía sus pasos apresurados recorriendo el desván, posiblemente buscando una botella en la penumbra que aliviara el rencor de todo lo que no se había dicho. Ahora era tarde, aunque la encontrara, aunque la agotara de un sólo trago... había prometido no volver a hablarse nunca más.
El escritor apagó la luz y dejó de ver su sombra abatida en todas las paredes.
Sin luz no existía. Ningún escritor había sobrevivido nunca sin luz.
Sus propios pasos en el piso de arriba taladraban la oscuridad como los relámpagos de verano rompen la oscuridad de las noches sin luna.
Entonces, cerró los ojos y comenzó a recordar todas las luces que había apagado antes de esa noche, empezando por todas las velas de sus pasteles de cumpleaños. Vinieron después las del cirio que le habían obligado a portar el día de su Comunión, extinguido con un soplo furioso, la de su mesilla de noche aunque tuviera miedo de los armarios vacíos, la del pupitre de la biblioteca cuando la batalla estaba perdida, la del almacén donde había trabajado antes del amanecer, para irse a encender otras luces más tenues, las del barracón de algún cuartel, las de las habitaciones de chicas vergonzosas, las de su coche, en dirección contraria...
Afuera amanecía pidiendo permiso, con timidez. Tuvo que hacer fuerza con los dos brazos para incorporarse del sofá; arriba ya no escuchaba sus pasos... debía haberse quedado dormido moviendo cajas y papeles ahí arriba.
Descorrió todas las cortinas de la sala, y después , una a una, las del resto de estancias del piso de abajo.
Mientras las primeras luces de la mañana de mayo aterrizaban en el suelo arañado, abrió un cajón de la sala y apagó las luces que quedaban encendidas en la consciencia.
martes, 19 de mayo de 2009
Destellos
Los faros de los coches y los faros anclados en el rompeolas del puerto.
Destellan las linternas de los guardas que trabajan de noche y destellan los neones de no importa qué bar de copas.
Cualquier luz que te deslumbre un segundo es más poderosa que tú y eso es más que humillante para los que ponen sus puños y sus piernas y sus brazos y sus mejillas alternativamente.
Todo cuerpo tiene un Judas que se llama rodillas... y, un destello, por breve que sea, puede hacer que te apoyes sobre ellas.
Destellan las cosas que están por encima de ti: las estrellas, los satélites y la luna... todo lo que puedas mirar a través de un telescopio. Cosas que estarán siempre por encima de ti y de tus posibildades... cosas que caminan usando tu cabeza como felpudo.
Destellan y te pueden. Todo así de simple... o así de complejo si decides mirarlo desde abajo.
Destellan las linternas de los guardas que trabajan de noche y destellan los neones de no importa qué bar de copas.
Cualquier luz que te deslumbre un segundo es más poderosa que tú y eso es más que humillante para los que ponen sus puños y sus piernas y sus brazos y sus mejillas alternativamente.
Todo cuerpo tiene un Judas que se llama rodillas... y, un destello, por breve que sea, puede hacer que te apoyes sobre ellas.
Destellan las cosas que están por encima de ti: las estrellas, los satélites y la luna... todo lo que puedas mirar a través de un telescopio. Cosas que estarán siempre por encima de ti y de tus posibildades... cosas que caminan usando tu cabeza como felpudo.
Destellan y te pueden. Todo así de simple... o así de complejo si decides mirarlo desde abajo.
Brillo
El de las moendas que pasan por tu mano un instante para volver a irse...
Metal frío que tiene la extraña facultad de hacerte creer ser cosas que en realidad no eres; que te convierte en poseedor de tesoros potenciales... en fascículos coleccionables, en sobre, en cartilla de periódico dominical.
Vives en áticos imaginarios y viajas en taxis con el chasis de cristal, de modo que todos pueden verlo todo menos tu destino. Como quien deja sus huellas en bulevares de cemento fresco, como quien persigue sueños que al final se cansan y se dejan agarrar.
Puedes jugar con el brillo. O puedes ser un adulto y leer las esquelas. Puedes sentarte en un vagón de metro y escribir poemas en lugar de leerlos.
Metal frío que tiene la extraña facultad de hacerte creer ser cosas que en realidad no eres; que te convierte en poseedor de tesoros potenciales... en fascículos coleccionables, en sobre, en cartilla de periódico dominical.
Vives en áticos imaginarios y viajas en taxis con el chasis de cristal, de modo que todos pueden verlo todo menos tu destino. Como quien deja sus huellas en bulevares de cemento fresco, como quien persigue sueños que al final se cansan y se dejan agarrar.
Puedes jugar con el brillo. O puedes ser un adulto y leer las esquelas. Puedes sentarte en un vagón de metro y escribir poemas en lugar de leerlos.
jueves, 16 de abril de 2009
Luces que pasan
Hay luces que pasan por tu lado, como la cresta de un tsunami... fogonazos volátiles, etéreos, fugaces y tan deslumbrantes que te velan el cerebro como un carrete de fotos sobreexpuesto. Los efectos persisten delante de la retina, como cuando acaban los eclipses totales y te dejan viendo puntos intermitentes donde antes almacenabas imágenes enteras y cuadros figurativos.
Son luces que knockean, luces que hipnotizan, luces que parecen tener voz. Cantos de sirena sin maroma que te sujete al mástil. Cuando el destello se apaga, te has quedado sin recuerdos, pero sabes que nunca volverás a estar a oscuras.
Hay luces que dan calor y acompañan tus horas de estudio, que se reflejan en la lágrima que se desborda en el ojo cuando cierras tu novela preferida. Luces que iluminan tu árbol de Navidad, año tras año, que se apagan cuando sacas la llave de contacto de tu coche, que se encienden con un fósforo cuando ocurren los apagones, que enciendes en alguna iglesia cuando se te acaban los recursos de apelación, que soplas cuando cumples años.
Son luces repetidas, que caben en una cajetilla de tabaco, que envejecen como tú y te desvelan arrugas... Son una familia de luciérnagas que siguen ahí cuando quieres estar a oscuras y que, a fuerza de ser tuyas, terminan por no iluminar nada.
Son luces que knockean, luces que hipnotizan, luces que parecen tener voz. Cantos de sirena sin maroma que te sujete al mástil. Cuando el destello se apaga, te has quedado sin recuerdos, pero sabes que nunca volverás a estar a oscuras.
Hay luces que dan calor y acompañan tus horas de estudio, que se reflejan en la lágrima que se desborda en el ojo cuando cierras tu novela preferida. Luces que iluminan tu árbol de Navidad, año tras año, que se apagan cuando sacas la llave de contacto de tu coche, que se encienden con un fósforo cuando ocurren los apagones, que enciendes en alguna iglesia cuando se te acaban los recursos de apelación, que soplas cuando cumples años.
Son luces repetidas, que caben en una cajetilla de tabaco, que envejecen como tú y te desvelan arrugas... Son una familia de luciérnagas que siguen ahí cuando quieres estar a oscuras y que, a fuerza de ser tuyas, terminan por no iluminar nada.
domingo, 29 de marzo de 2009
Luces oblicuas
El día que decidí no volver a hablarme, salí de mi casa con los labios obstinadamente cerrados, ignorándome aunque caminara pegada a mí.
No me merecía ni una sola palabra conciliadora y había dejado papeles y lapices en el escritorio para evitar cualquier tentación de comunicar.
No me encaminaba a ningún sitio, seguía la trayectoria de la luz del sol, no me apartaba un instante del sendero iluminado de la calle. No me daba el ánimo para caminar en la sombra.
Hacía mucho tiempo que no salía a caminar determinada a romper toda comunicación verbal conmigo, y, a medida que avanzaba en mi trayecto a ninguna parte, podía notar el paso de las estaciones.
Aquella última vez, las luces eran oblicuas, afiladas... eran luces tímidas del mes de noviembre. Estas que tenía encima ahora, eran luces descaradas, cenitales, empeñadas en alumbrar desde lo alto y dejar el alma desnuda a fuerza de caer como un dedo acusador, justo encima de la cabeza. Eran luces de candileja, de protagonista. Luces de interrogatorio. Inquisitivas...
Regresé sin haber contestado a ninguna pregunta y yo, caminando al lado, me preguntaba una y otra vez si no hubiera sido mejor formular la súplica a la inversa. Haber aunado las mentes por disipar y no por acelerar.
Supe que nos habíamos equivocado y subí los escalones de tres en tres, con la secreta esperanza de partirme la crisma, y dejar de preguntarme...
No me merecía ni una sola palabra conciliadora y había dejado papeles y lapices en el escritorio para evitar cualquier tentación de comunicar.
No me encaminaba a ningún sitio, seguía la trayectoria de la luz del sol, no me apartaba un instante del sendero iluminado de la calle. No me daba el ánimo para caminar en la sombra.
Hacía mucho tiempo que no salía a caminar determinada a romper toda comunicación verbal conmigo, y, a medida que avanzaba en mi trayecto a ninguna parte, podía notar el paso de las estaciones.
Aquella última vez, las luces eran oblicuas, afiladas... eran luces tímidas del mes de noviembre. Estas que tenía encima ahora, eran luces descaradas, cenitales, empeñadas en alumbrar desde lo alto y dejar el alma desnuda a fuerza de caer como un dedo acusador, justo encima de la cabeza. Eran luces de candileja, de protagonista. Luces de interrogatorio. Inquisitivas...
Regresé sin haber contestado a ninguna pregunta y yo, caminando al lado, me preguntaba una y otra vez si no hubiera sido mejor formular la súplica a la inversa. Haber aunado las mentes por disipar y no por acelerar.
Supe que nos habíamos equivocado y subí los escalones de tres en tres, con la secreta esperanza de partirme la crisma, y dejar de preguntarme...
viernes, 27 de marzo de 2009
De luces y pudores
Una vela se apaga a sí misma, si es necesario, al despuntar el sol. Se cree "no" necesaria, se siente ridícula y se adivina humillada.
Entre el orgullo herido y su vergüenza, la llama se siente débil y se autofagocita.
Esa es la razón por la que nos nos mirarmos unos a otros en los transportes públicos, por la que bajamos la cabeza al estrechar una mano, por la que no damos los buenos días a los vendedores ambulantes y por la que subimos el volumen de las noticias más escabrosas.
Esta mañana me hablé frente al espejo, y descubrí que me hablaba para tener una excusa para no escribirme... Me dio tanto miedo que inventé un blog para dejar de hablarme.
Ahora que no me hablo en voz alta, voy a empezar a conocerme... Ahora que estás leyendo todo lo que tengo que decir, voy a terminar de dibujarme.
Entre el orgullo herido y su vergüenza, la llama se siente débil y se autofagocita.
Esa es la razón por la que nos nos mirarmos unos a otros en los transportes públicos, por la que bajamos la cabeza al estrechar una mano, por la que no damos los buenos días a los vendedores ambulantes y por la que subimos el volumen de las noticias más escabrosas.
Esta mañana me hablé frente al espejo, y descubrí que me hablaba para tener una excusa para no escribirme... Me dio tanto miedo que inventé un blog para dejar de hablarme.
Ahora que no me hablo en voz alta, voy a empezar a conocerme... Ahora que estás leyendo todo lo que tengo que decir, voy a terminar de dibujarme.
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