El día que me dé una tregua y el cielo abra el primer botón de su gris escote, yo sólo querré quedarme dormida en cada autobús de línea.
Lo había intentado antes dejando encendido el flexo de la tristeza; sabemos que el cursor parpadea menos tiempo cuando es la queja quien habla por nosotros y que un corazón sin fracturas ni esparadrapo sólo utiliza las hojas en blanco para dibujar corazones y casas con chimenea y sin suelo. Lo había intentado mirando fijamente las aguas de un río turbio y sucio, desde un séptimo piso, con el reflejo de una nube negra sobre el agua quieta.
Lo intenté también comprando comida enlatada, pagando con monedas del color del cobre y guardando el turno en los probadores de saldo.
Intenté, allá donde pude, prolongar la lluvia, ponerle filo al viento, hacer que me siguiera aquella luz de bombilla barata del flexo de la tristeza.
Lamento por mis hojas en blanco decir que no lo he conseguido. El cielo se ha quitado la capa y un reflejo dorado se ha posado en mi frente, burlando las cortinas.
Quizá esta vez, la tregua sea más larga.
Quizá me pase el día llanando las hojas con corazones de BIC y casas con chimenea y sin suelo...
jueves, 20 de mayo de 2010
martes, 16 de febrero de 2010
Luces equivocadas
Cuando despiertas el sueño pierde la textura algodonosa de la anestesia.
Decides, una vez más, confiar en luces que nunca van a traer de vuelta lo que acabas de dejar en el universo paralelo de la almohada y mientras el espejo te devuelve el reflejo de quien siempre va a estar esperándote, confías en que un día más sin dirigirte la palabra es todo lo que necesitas para reconciliarte con la vida.
Te empeñas en poner excusas para evitar hacer cosas, las amontonas, una encima de otra, como la ropa sucia, hasta que olvidas cuál es la que sustenta todo el engaño. Ese es el peso que llevas sobre los hombros: el de todas las excusas que inventaste y olvidaste, los pretextos que eran buenos y los que una vez fueron el prólogo del libro que tarde o temprano te pedirá que vuelvas a hablarte, desde el limbo de las teclas que no se pulsan.
Decides, una vez más, confiar en luces equivocadas.
Decides, una vez más, confiar en luces que nunca van a traer de vuelta lo que acabas de dejar en el universo paralelo de la almohada y mientras el espejo te devuelve el reflejo de quien siempre va a estar esperándote, confías en que un día más sin dirigirte la palabra es todo lo que necesitas para reconciliarte con la vida.
Te empeñas en poner excusas para evitar hacer cosas, las amontonas, una encima de otra, como la ropa sucia, hasta que olvidas cuál es la que sustenta todo el engaño. Ese es el peso que llevas sobre los hombros: el de todas las excusas que inventaste y olvidaste, los pretextos que eran buenos y los que una vez fueron el prólogo del libro que tarde o temprano te pedirá que vuelvas a hablarte, desde el limbo de las teclas que no se pulsan.
Decides, una vez más, confiar en luces equivocadas.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Un día con las luces de cruce
Había regresado sin darse cuenta al mes de las luces afiladas. Amanecía uno de aquellos días que fabricaban sombras largas como esculturas de Giacometti y aún no se creía del todo que las sombras abrigaran más que las mantas.
Se levantó con la firme promesa de hablarse, aunque tuviera que elegir como interlocutor a una parte que noviembre hubiera dejado en la oscuridad. Creía que era posible reconciliarse con el sonido de su voz, aquella mañana helada, de posibilidades incontables.
Sólo tuvo que pulsar el intro un par de veces para abandonar la idea. Y de pronto las sombras ya no abrigaban como las mantas y pesaban mucho más que estas.
Se levantó con la firme promesa de hablarse, aunque tuviera que elegir como interlocutor a una parte que noviembre hubiera dejado en la oscuridad. Creía que era posible reconciliarse con el sonido de su voz, aquella mañana helada, de posibilidades incontables.
Sólo tuvo que pulsar el intro un par de veces para abandonar la idea. Y de pronto las sombras ya no abrigaban como las mantas y pesaban mucho más que estas.
viernes, 14 de agosto de 2009
Delayed
Trato de enfocar el flexo de la musa hacia alguna palabra que me siga interesando.
Cuando era muy pequeña creía que las cosas que quería se escondían dentro de mi almohada... sigo pensando que están ahí, sólo que ahora requieren una contraseña para acceder a ellas.
El dueño de la palabra se ha ido de vacaciones y agosto se pega a mi piel como la caricia de un ex-amante. Disparo la luz del flexo entre sus ojos de tormenta seca y así me quedo sin mes de cumpleaños. Pienso que dejar de cumplir es dejar de contar y eso es algo que no puedo permitirme.
Agosto resucitará sólo si me quedo a vivir huyendo de cualquier destino.
Cuando era muy pequeña creía que las cosas que quería se escondían dentro de mi almohada... sigo pensando que están ahí, sólo que ahora requieren una contraseña para acceder a ellas.
El dueño de la palabra se ha ido de vacaciones y agosto se pega a mi piel como la caricia de un ex-amante. Disparo la luz del flexo entre sus ojos de tormenta seca y así me quedo sin mes de cumpleaños. Pienso que dejar de cumplir es dejar de contar y eso es algo que no puedo permitirme.
Agosto resucitará sólo si me quedo a vivir huyendo de cualquier destino.
miércoles, 3 de junio de 2009
Todas las luces que apagó
El escritor esparció todas las hojas en blanco que encontró en la sala y se derrumbó en un sofá con manchas de pasado.
Había dejado de hablarse y se oía sus pasos apresurados recorriendo el desván, posiblemente buscando una botella en la penumbra que aliviara el rencor de todo lo que no se había dicho. Ahora era tarde, aunque la encontrara, aunque la agotara de un sólo trago... había prometido no volver a hablarse nunca más.
El escritor apagó la luz y dejó de ver su sombra abatida en todas las paredes.
Sin luz no existía. Ningún escritor había sobrevivido nunca sin luz.
Sus propios pasos en el piso de arriba taladraban la oscuridad como los relámpagos de verano rompen la oscuridad de las noches sin luna.
Entonces, cerró los ojos y comenzó a recordar todas las luces que había apagado antes de esa noche, empezando por todas las velas de sus pasteles de cumpleaños. Vinieron después las del cirio que le habían obligado a portar el día de su Comunión, extinguido con un soplo furioso, la de su mesilla de noche aunque tuviera miedo de los armarios vacíos, la del pupitre de la biblioteca cuando la batalla estaba perdida, la del almacén donde había trabajado antes del amanecer, para irse a encender otras luces más tenues, las del barracón de algún cuartel, las de las habitaciones de chicas vergonzosas, las de su coche, en dirección contraria...
Afuera amanecía pidiendo permiso, con timidez. Tuvo que hacer fuerza con los dos brazos para incorporarse del sofá; arriba ya no escuchaba sus pasos... debía haberse quedado dormido moviendo cajas y papeles ahí arriba.
Descorrió todas las cortinas de la sala, y después , una a una, las del resto de estancias del piso de abajo.
Mientras las primeras luces de la mañana de mayo aterrizaban en el suelo arañado, abrió un cajón de la sala y apagó las luces que quedaban encendidas en la consciencia.
Había dejado de hablarse y se oía sus pasos apresurados recorriendo el desván, posiblemente buscando una botella en la penumbra que aliviara el rencor de todo lo que no se había dicho. Ahora era tarde, aunque la encontrara, aunque la agotara de un sólo trago... había prometido no volver a hablarse nunca más.
El escritor apagó la luz y dejó de ver su sombra abatida en todas las paredes.
Sin luz no existía. Ningún escritor había sobrevivido nunca sin luz.
Sus propios pasos en el piso de arriba taladraban la oscuridad como los relámpagos de verano rompen la oscuridad de las noches sin luna.
Entonces, cerró los ojos y comenzó a recordar todas las luces que había apagado antes de esa noche, empezando por todas las velas de sus pasteles de cumpleaños. Vinieron después las del cirio que le habían obligado a portar el día de su Comunión, extinguido con un soplo furioso, la de su mesilla de noche aunque tuviera miedo de los armarios vacíos, la del pupitre de la biblioteca cuando la batalla estaba perdida, la del almacén donde había trabajado antes del amanecer, para irse a encender otras luces más tenues, las del barracón de algún cuartel, las de las habitaciones de chicas vergonzosas, las de su coche, en dirección contraria...
Afuera amanecía pidiendo permiso, con timidez. Tuvo que hacer fuerza con los dos brazos para incorporarse del sofá; arriba ya no escuchaba sus pasos... debía haberse quedado dormido moviendo cajas y papeles ahí arriba.
Descorrió todas las cortinas de la sala, y después , una a una, las del resto de estancias del piso de abajo.
Mientras las primeras luces de la mañana de mayo aterrizaban en el suelo arañado, abrió un cajón de la sala y apagó las luces que quedaban encendidas en la consciencia.
martes, 19 de mayo de 2009
Destellos
Los faros de los coches y los faros anclados en el rompeolas del puerto.
Destellan las linternas de los guardas que trabajan de noche y destellan los neones de no importa qué bar de copas.
Cualquier luz que te deslumbre un segundo es más poderosa que tú y eso es más que humillante para los que ponen sus puños y sus piernas y sus brazos y sus mejillas alternativamente.
Todo cuerpo tiene un Judas que se llama rodillas... y, un destello, por breve que sea, puede hacer que te apoyes sobre ellas.
Destellan las cosas que están por encima de ti: las estrellas, los satélites y la luna... todo lo que puedas mirar a través de un telescopio. Cosas que estarán siempre por encima de ti y de tus posibildades... cosas que caminan usando tu cabeza como felpudo.
Destellan y te pueden. Todo así de simple... o así de complejo si decides mirarlo desde abajo.
Destellan las linternas de los guardas que trabajan de noche y destellan los neones de no importa qué bar de copas.
Cualquier luz que te deslumbre un segundo es más poderosa que tú y eso es más que humillante para los que ponen sus puños y sus piernas y sus brazos y sus mejillas alternativamente.
Todo cuerpo tiene un Judas que se llama rodillas... y, un destello, por breve que sea, puede hacer que te apoyes sobre ellas.
Destellan las cosas que están por encima de ti: las estrellas, los satélites y la luna... todo lo que puedas mirar a través de un telescopio. Cosas que estarán siempre por encima de ti y de tus posibildades... cosas que caminan usando tu cabeza como felpudo.
Destellan y te pueden. Todo así de simple... o así de complejo si decides mirarlo desde abajo.
Brillo
El de las moendas que pasan por tu mano un instante para volver a irse...
Metal frío que tiene la extraña facultad de hacerte creer ser cosas que en realidad no eres; que te convierte en poseedor de tesoros potenciales... en fascículos coleccionables, en sobre, en cartilla de periódico dominical.
Vives en áticos imaginarios y viajas en taxis con el chasis de cristal, de modo que todos pueden verlo todo menos tu destino. Como quien deja sus huellas en bulevares de cemento fresco, como quien persigue sueños que al final se cansan y se dejan agarrar.
Puedes jugar con el brillo. O puedes ser un adulto y leer las esquelas. Puedes sentarte en un vagón de metro y escribir poemas en lugar de leerlos.
Metal frío que tiene la extraña facultad de hacerte creer ser cosas que en realidad no eres; que te convierte en poseedor de tesoros potenciales... en fascículos coleccionables, en sobre, en cartilla de periódico dominical.
Vives en áticos imaginarios y viajas en taxis con el chasis de cristal, de modo que todos pueden verlo todo menos tu destino. Como quien deja sus huellas en bulevares de cemento fresco, como quien persigue sueños que al final se cansan y se dejan agarrar.
Puedes jugar con el brillo. O puedes ser un adulto y leer las esquelas. Puedes sentarte en un vagón de metro y escribir poemas en lugar de leerlos.
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